Hormigas y chamorros en el corazón de Azcapotzalco

por Jorge Pedro Uribe

Me encanta Azcapotzalco, empezando por el nombre, que en náhuatl quiere decir "en el hormiguero". También el gentilicio cariñoso –chintololo– llama la atención por su significado: "persona con asentaderas de gran tamaño", que en breve es "nalgón". Así se las gastaban los mexicas, que siglo y medio después de llegar a la Cuenca de México pudieron darse el gusto de burlarse de sus antiguos señores con este apodo. Propongo un paseo por el bello Centro de una delegación que con justicia se jacta de ser "el corazón del Anáhuac".

Si uno llega al metro Refinería de la línea siete es necesario caminar dos cuadras hacia el Oriente hasta Av. Azcapotzalco. Ahí el paisaje urbano se transforma gracias a los árboles y las mansiones tipo inglés, como la que se yergue orgullosa en la esquina con Gacetilla. Este es el tipo de residencias que se construyeron a principios del siglo XX en la entonces colonia El Imparcial, tan aristocrática como la Juárez o la Condesa. Quedan pocas casas así. Una cuadra más adelante comienza el barrio de San Lucas, uno de los veintitantos que subsisten desde la época prehispánica. Es una buena idea ver la iglesia, probar la barbacoa de enfrente y seguir por Av. Azcapotzalco hacia el Norte para cruzar el eje Manuel Acuña y desembocar en el Centro de la delegación.

En Av. Azcapotzalco 586 se halla la cantina Dux de Venecia, que está por cumplir 100 años. Se trata de un lugar sencillo, pero con encanto, en el que conviene pedir un refresco o una cerveza para reponer fuerzas y de paso sacarle anécdotas al cantinero. Tal vez uno tenga la fortuna de probar el rico mole de olla que aquí sirven de botana. Después hay que continuar hasta la Casa de la Cultura, en el 605 de la avenida. El mural "La herencia tepaneca en el umbral del tercer milenio" de Arturo García Bustos, discípulo de Frida y Diego, es una sorpresa que alegra descubrir en la escalera. Los patios resultan encantadores –hay que echarle un vistazo al busto del chintololo Manuel Gamio, padre de la antropología mexicana– mientras que la Biblioteca Fray Bartolomé de las Casas, la más antigua de Azcapotzalco, cautiva por los preciosos murales de Juan O'Gorman.

A un lado de la Casa de la Cultura puede recorrerse el atrio más grande de la Ciudad de México, el de la Parroquia de los Santos Apóstoles Felipe y Santiago, en donde se libró la última batalla de la Independencia. La iglesia dominica llama la atención por su bien conservada Capilla del Rosario, del siglo XVIII, y por la hormiga dibujada en la fachada, la cual según los lugareños va subiendo poco a poco a lo largo de los años. Se cree que cuando la hormiga alcance el campanario se acabará el mundo. Vale la pena ir a comprobar qué tan cerca está, y para reponerse del susto no está de más detenerse en la cantina La Luna (Av. Azcapotzalco esq. Jardín Hidalgo), que desde 1918 vende las tortas más famosas del rumbo. Los sábados preparan chamorro. ¿Qué tal ir este mismo fin de semana?