A partir de hoy pienso escribirte una carta cada semana en este mismo espacio porque no hay nada como ser guiada, sobre todo, en una ciudad como la nuestra. Una ciudad que amamos pero que también padecemos. Pero lo que es aún peor es que la desconocemos. No sabemos en qué ciudad vivimos y al ignorarlo ignoramos quiénes somos. Aunque ya sepamos qué es una ciudad, no hay una definición exacta de sus fronteras. De dónde comienza y dónde termina. Hace muchos siglos se construían muros para delimitar a la ciudad, como se pueden ver las ruinas de estos muros en muchas ciudades antiguas. Pero esto es el pasado.
Querida ciudad de México, ¿cómo definirte hoy por hoy? No importa qué definición te demos, lo importante es cómo nos relacionamos contigo. Para unos, la Ciudad de México es un monstruo gris y chato que nos agrede todos los días; para otros, es un caos dantesco y para los menos, todavía es una ciudad humana. Estos son los que ya no se atreven a salir de sus colonias y quisieran construir un muro alrededor de ellas. Por ejemplo, los que viven en el sur se niegan rotundamente a venir hacia el norte. Los norteños, cuando atraviesan el Periférico dicen que sienten envejecer por lo menos dos años de su vida. Existen todo tipo de reflexiones alrededor de nuestra ciudad. Hace poco una señora muy elegante que vive en Polanco me dijo lo siguiente acerca de su ciudad: Para mí ya es muy difícil amar a la Ciudad de México, no la disfruto. Es triste pensar que no puedo caminar en mi colonia, no puedo pasear por sus calles. Las calles donde había residencias ahora están llenas de hoteles nuevos, de restaurantes de todo tipo, de grandes edificios y centros comerciales impresionantes. Hace mucho ya no voy al centro. Me pierdo, ya no reconozco nada, hay demasiados coches. Mis nietos no conocen el centro. Nunca han ido al Café de Tacuba, no conocen La Profesa. El otro día le dije a mi nuera que me gustaría ir a Plaza Río de Janeiro y me llevó a Santa Fe. Han cambiado tanto las cosas, que me pregunto si en la Alameda no han abierto un mall. No me sorprendería. Hoy en día ya nadie se da cita para verse en ningún punto de la ciudad. Ahora los puntos de reunión son en los centros comerciales. Y si la mejor manera de conocer una ciudad es caminando, cómo diablos voy a conocer la mía, si al hacerlo me pierdo. Al escuchar lo anterior me quedé pasmada. No supe cómo convencer a esta señora, tan desencantada con su ciudad, de que no era tan terrible ni tan inaccesible. Bastaba con tener un poquito de buena voluntad. No estaba de acuerdo con ella.
Para mí, querida ciudad, eres como mi casa. Aquí nací, crecí, he pasado penas y alegrías. Aquí vivo, he recorrido sus calles a veces llorando, a veces cantando y hasta chiflando. Recuerdo que yo adoraba mi colonia. Todas las tardes navegaba por los ríos de mi colonia Cuauhtémoc. Qué emoción ir por el Río Mississippi, dar vuelta y encontrarme con el Tigris. Caminar dos cuadras y atravesar el Rhin. Correr y de pronto encontrarme en Amazonas. Y qué romántica me ponía en el Río Sena. Cómo cantaba cruzando el Tíber para llegar al Nilo. Y todos estos ríos me podían llevar atravesando el Paseo de la Reforma a ciudades extraordinarias como Niza, Hamburgo, Praga, Varsovia, Amberes, Marsella, Nápoles y Venecia. Cómo me enseñaba entonces mi ciudad. Entonces la adoraba porque había "cocodrilos" paseándose por Reforma y con tan sólo pagar dos pesos me podía subir a uno. Cuántos amigos me hice en los peseros mientras escuchaba tríos. Cómo me gustaba ir a la colonia Polanco y aprenderme de memoria los nombres de todas sus calles para después impresionar a mis pretendientes hablándoles de autores y filósofos famosos. Supe quién era Tennyson porque mi hermana Antonia vivía en el 342, entre Eugenio Sue y Alfredo de Musset quien decía que en las relaciones amorosas siempre hay que dejar una puerta abierta o cerrada.
Es cierto que todos los nombres de estas calles nada tienen que ver con los nombres antiguos de las calles del Centro Histórico, que tanto me hubiera gustado haber conocido. Por ejemplo, la Calle de las Arrepentidas después se volvió de Olmedo, hasta San Pablo, muy cerca de Correo Mayor. Cómo me hubiera gustado haberme paseado por las calles del Colegio de las Doncellas.
¿En qué ciudad del mundo hay un monumento a la Madre? Sólo en la mía. ¿En qué ciudad del mundo hay un Zócalo con esa majestuosidad junto a un Templo Mayor? Sólo en la mía. ¿En qué ciudad del mundo hay una plaza que canta como lo hace la Plaza Garibaldi? Sólo en la mía. ¿En qué ciudad del mundo hay esculturas de emperadores aztecas? Sólo en la mía. ¿En qué ciudad del mundo hay cilindreros entonando el vals "Sobre las olas"? Sólo en la mía. ¿Qué ciudad del mundo tiene una avenida que mide 50 kilómetros de largo como Insurgentes? Sólo la mía. ¿En qué ciudad del mundo hay espectáculos en cada alto? Sólo en la mía. ¿En qué ciudad del mundo se limpian los parabrisas de todos los coches cada cinco minutos? Sólo en la mía. ¿En qué ciudad del mundo hay una plaza dedicada a nuestras tres culturas? Sólo en la mía. Y ¿en qué ciudad del mundo hay un Desierto de los Leones, que ni es desierto ni hay leones? Sólo en la mía. Recorrer la ciudad es volverse a enamorar de ella, pero sobre todo, es reconocerla, y por lo tanto reconocerse y enorgullecerse de una ciudad un tanto cuanto herida.
Tu admirada y sufrida defeña, Guadalupe.