El concierto gratuito que ofrecerá Justin Bieber el 11 de junio, en la Ciudad de México, ha causado furor entre sus seguidores, muchos de los cuales vienen de otras ciudades del país a escuchar en vivo al astro del pop.
Los “beliebers” esperan con gran entusiasmo que el joven cantante interprete las canciones de su nuevo álbum Believe, que contiene, en otros, el tema “Boyfriend”, recién lanzado al público el pasado mes de marzo; y “Turn to You”, canción dedicada a su madre.
A su corta edad, Justin Bieber ha superado records de venta a nivel internacional, ha recibido discos de platino y de oro debido al éxito canciones como “Baby y “One less lonely girl”, ambas del álbum My World.
La popularidad del joven artista radica en gran medida por su presencia en internet y en las redes sociales, en un momento de la historia en que los adolescentes, a nivel mundial, pasan gran parte de su tiempo conectados en la red. Cuando canta, se dirige a sus fans como si les estuviera redactando mensajes de texto por medio de twitter. En 2010, Bieber ya era el responsable del tres por ciento del tráfico total del sitio. Actualmente tiene más de 23 millones de seguidores en twitter.
Bienvenido a la Ciudad de México, el Zócalo va a vibrar a un nuevo ritmo.
Devoción y catarsis, la actuación de Justin Bieber en el Zócalo
El lugar, la fecha, la hora y hasta el instante de su nacimiento o la razón de que el violeta sea su color preferido; detalles y anécdotas de su niñez; sus amistades, juguetes y aficiones; lo más reciente de sus presentaciones; la letra de sus canciones; hasta su nuevo disco, era todo lo que, mínimamente, debía saber una fan de Justin Bieber que se preciara de serlo, si es que verdaderamente quería que en el mundo se supiera de esta condición de su existencia.
Es decir: de entrada, la devoción por este ídolo adolescente de origen canadiense que aún sin 19 años de existencia –y todavía menos en la industria mundial del espectáculo-, fue capaz de provocar el llanto y la alegría, la histeria colectiva de cientos de miles de jovencitas entre los cuatro y los 22 años de edad y el seguimiento de otras casi 50 millones de admiradoras, a través de las redes sociales twiter y facebook.
Este jovencito rubio de escuálida figura generó tal expectativa que no sólo colmó y desbordó los límites del Zócalo capitalino: desde la sola confirmación de su actuación, movilizó a las primeras decenas de miles de adolecentes el viernes último por la noche hasta el punto de que, incondicionales, acamparan a partir de entonces en el primer cuadro:
Durmieron sobre el suelo; soportaron las horas largas e intensas del calor inclemente; sufrieron hambre y sed: fueron y vinieron de sus casas; se relevaron en guardias para conservar el espacio pero, al fin, ganaron los mejores lugares de la noche el lunes último, allí, a unos metros de aquel al que no podían perderse e increíblemente tuvieron aún energía para cantar, gritar y desgañitarse.
Jovencitas, en su mayoría, pero no pocos muchachos; todos, eso si, con playeras o al menos gorras de color violeta o morado, el preferido de Justin Bieber; incluso madres de familia, alguno que otro esposo resignado y aún abuelos y abuelas, todos, parte de este descomunal contingente que en cualquier parte del mundo es conocido como los beliebers o seguidores del cantante, quienes desde las primeras horas de este lunes ocuparon minuto a minuto la plancha del Zócalo, hasta dejarlo cubierto de una inmensa alfombra humana.
Banderines, posters, globos, fotografías –piratas y auténticas-, sellos de serigrafía para las mejillas con la imagen del ídolo adolescente, su firma y un corazón, conformaron la variedad de souvenirs o recuerdos para presumir con familiares y amigos de haber disfrutado de la actuación en vivo de Bieber, allí, muy cerca, a unos metros, acaso a centímetros de éste.
Pero en esto de los testimonios lo que se llevó la tarde fue el hallazgo de otro muchacho, tan joven como el canadiense, pero mexicano, de increíble parecido físico al cantante, quien se dejaba fotografiar –en teléfonos celulares o pequeñas cámaras digitales-, acompañado de quien accediera a pagarle cinco módicos pesitos.
Y luego la impaciencia: apenas terminaba la actuación del grupo abridor de música tecno, dicen los que saben: del género tribal, inició la cuenta regresiva. Y primero, dieron las ocho y nada; luego las ocho y media y tampoco. El reloj pasaba de las 21 horas y la gente, desconcertada porque el concierto nomás no comenzaba. De pronto: Justin Bieber al centro del escenario.
Una hora exacta en la que el adolescente canadiense cantó, bailó, tocó la guitarra, hizo bailar a su público y, podría decirse que sin excepción, logró que cantaran casi todos cada una de sus canciones: Baby, Up, Eenie meenie, Live my life, Wild one, Call me maybe, Never say never, entre las mas conocidas, según dejaron saber algunas de las incondicionales cuando la catarsis les dejaba tiempo para dialogar.
Más o menos a la mitad del espectáculo, la envidia de muchas: Bieber escogió a una de sus delirantes admiradoras, le cantó al oído, dejó que ésta lo abrazara y él, le regaló un ramo de rosas. A poco del final, cantó con él una bella jovencita: Karly Rae Jeepsen, su compatriota. Y tras un par de canciones más, el show terminó entre luces multicolores de bengala, haces de luz láser y una especie de confeti brillante.
Las fans iban satisfechas; algunas, catatónicas.